Montevideo, el " Monte vide eu" de los descubridores o el Monte VI de los cartógrafos, la capital más austral del planeta, hoy se viste de fiesta para recibir por segunda vez la Reunión Lacanoamericana.
Acariciada por las aguas del "Rio grande como mar", el Paraná Guazú de los primeros habitantes de estas zonas y engalanada por una guirnalda de playas que se extiende más allá de las fronteras del departamento y que son su orgullo, la ciudad nace a inicios del siglo XVIII como un humilde burgo militar rodeado de un pequeño caserío para frenar los avances portugueses y las correrías de contrabandistas y piratas. No tuvo desde sus comienzos los fastos virreinales de sus hermanas mayores Lima y México, tampoco conoció la tiranía de la Inquisición, ya que, hija de un Virreinato tardío, sólo la habitaron al comienzo un puñado de familias que, buscando en el Nuevo Mundo la salida a su pobreza, se atrevían a desafiar los peligros que tan precaria sociedad ofrecía, a cambio de obtener el preciado título de "Gentilhombre con lugar reconocido", lo cual en esa época significaba reconocimiento e hidalguía, o sea se dejaba de ser "nada" para ser "alguien".
Su proceso fundacional culmina al mediar el siglo convirtiéndose, entre otras cosas, en la sede del Apostadero Naval de la corona española, lo cual impulsa su desarrollo a la vera de un creciente comercio basado principalmente en la exportación de cueros vacunos, tan necesarios en esos tiempos para la fabricación de los pertrechos militares de las tropas coloniales españolas.
Su aspecto cambia, sus murallas crecen, su sociedad se ve enriquecida por la llegada de nuevos componentes, pero pronto su modorra y satisfacción coloniales se verán sacudidas a los inicios del siglo XIX por las Invasiones Inglesas, en donde la pequeña ciudad tendrá el galardón y el reconocimiento de ser quien liberte a la Capital Virreinal ganando así el título de "La Muy Fiel y Reconquistadora", que aún hoy en día es metáfora que la nombra.
El escudo y las banderas originales, otorgados por el Rey, puede el viajero contemplarlas, lamentablemente bastante deteriorados, en el Museo del Cabildo.
Muy pocos años después las clarinadas de libertad que conmocionaron estos territorios la harán replegarse dentro de sus murallas sitiadas, convirtiéndose en uno de los últimos baluartes de la resistencia española.
Una vez lograda la Independencia una larga guerra civil que duró más de diez años, "La Guerra Grande", volverá a encerrarla en sus murallas. Cantada como "La Nueva Troya" por líricos como Alejandro Dumas hijo y defendida por un aventurero tanto galante como heroico como fue Giuseppe Garibaldi, la Montevideo sitiada se abrirá como un balcón al mar mirando siempre hacia Europa. El final de la Guerra bajo el lema "Ni vencidos ni vencedores" que buscaba la re - unión de los orientales tantos años enfrentados, hizo que las imponentes murallas fueran demolidas con el fin de demostrar que nunca más sería sitiada, pero dejándonos para los tiempos que vendrían sin el placer de contemplarlas. Apenas unos restos quedan de ellas siendo sin duda la más importante la Puerta de la Ciudadela, que cierra - o abre - la entrada a la Ciudad Vieja.
La arquitectura Art Nouveau y Art Decó, muestra clara del afán de los montevideanos por europeizarse y mostrar su ya creciente poderío económico, engalanan el casco viejo de la ciudad y otros antiguos barrios como El Prado, conviviendo con las pocas muestras de arquitectura colonial que resta. Pero una nueva Montevideo que busca hacer convivir lo nuevo y lo viejo ofrece hoy en día al viajero un amplio abanico de posibilidades de disfrute con sus ferias artesanales y de antigüedades, mereciendo especial mención la de la Plaza Matriz y la de Tristán Narvaja, uno de los "rastros" mas grandes del mundo, donde conviven en perfecta hermandad verduras y abanicos, baratijas y auténticas joyas y donde el regateo se convierte en un juego esperado y un verdadero placer.
Ofrece además una estupenda propuesta gastronómica y un enjambre de "boliches" y pubs en el casco viejo de la ciudad, donde tomar buenos tragos, charlar con amigos o simplemente dejar pasar el tiempo, sin olvidar el tradicional Mercado del Puerto, antes mercado y sitio de reunión de bohemios, malandras y percantas y hoy convertido en el infaltable y elegante lugar de encuentro para turistas y locatarios.
En fin, una ciudad que tuvo siempre pretensiones cosmopolitas, pequeña, tranquila, rodeada de mar, ya que el río ensanchado en sus orillas presenta un horizonte marítimo, hospitalaria y divertida.
Bienvenidos.
Alba Medina